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KAFKA

He pasado un muy buen rato con la novela gráfica de Robert Crumb y David Zane Mairowitz sobre la vida de Franz Kafka. No se trata de una biografía al uso, sino de una historieta en la que se repasan las andanzas y obras del ilustre checo de manera muy amena.

Arranca de modo peculiar pero muy gráfico del personaje al que ilustra: con la representación de algunas de las maneras de morir que el joven Kafka imaginaba para él y dejó inmortalizadas en su diario. Que le rebanaran el rostro con un cuchillo de carnicero o le arrastraran con una soga al cuello son algunas de las lindezas que ideaba su mente en permanente angustia. Y es que Franz Kafka fue toda su vida un tipo atormentado, que canalizó sus miedos en un universo literario único y excepcional. Unos miedos que le convirtieron en su principal enemigo y, a la vez, fueron el motor de su creación.

Se ha hablado hasta la saciedad de la relación de Kafka con su padre, figura clave para comprender el origen de sus múltiples neurosis y complejos. En Carta al padre el propio Kafka se dedica a desgranar su pasado y diseccionar sus sentimientos al respecto, con una minuciosidad y sinceridad apabullantes. Hermann Kafka era un padre dominante que chillaba, mangoneaba y castigaba con dureza. Era un hombre fuerte, temperamental, con iniciativa emprendedora, al que las escaseces económicas de la infancia habían dotado del ingenio para sortear la adversidad y el orgullo de saberse capaz de ello. Su hijo era todo lo contrario: débil, dócil, inseguro. O así era como se sentía el joven Kafka, que se veía a través de los ojos de su padre, y acabó convencido (probablemente más que el propio progenitor) de su total inutilidad. Este abuso paterno, más psicológico que físico, tuvo un profundo efecto en su desarrollo como persona y como escritor, grabando a fuego en su identidad un profundo rechazo a la autoridad que convivía contradictoriamente con un profundo sentimiento de sumisión. Aspectos muy presentes tanto en su vida – excepto un breve periodo antes de su muerte, Kafka vivió siempre con sus padres- como en su obra, con esos protagonistas condenados a convertirse en escarabajos, ser juzgados sin razón alguna o perderse en busca de castillos inalcanzables.

El contexto histórico que le tocó vivir tampoco debió de ayudarle a desarrollar su autoestima. Nacido a finales del siglo XIX en la por entonces imperial región de Bohemia (hoy República Checa), creció en una sociedad arraigada en el odio a los judíos. El ser germanoparlante y checo de nacimiento, le convertía además en una rara avís en tierra de nadie.

Estudiante aplicado, se sacó la carrera de Derecho y encontró trabajo en la compañía de Seguros Laborales del Reino de Bohemia. Era un trabajador meticuloso y perfeccionista. Por mucho que le horrorizara la rutina de su gris oficina, se tomaba muy en serio sus responsabilidades y llevó a cabo una gran labor de investigación que contribuyó a mejorar las condiciones de muchos trabajadores. La descripción de los espantosos accidentes laborales que tenía que estudiar a diario debió de ser la guinda del pastel para su ya torturada imaginación. Y quién sabe si el análisis de la peligrosa maquinaria industrial de la época le inspirararía para describir el atroz instrumento de tortura de su novela corta En la colonia Penitenciaria.

Su trabajo de día le obligaba a escribir de noche, tarea a la que se entregaba con una dedicación hipńotica avivada por la febril inspiración del insomnio. No por nada ningún escritor como Kafka refleja con mayor maestría las realidades confusas del sueño. No por nada el adjetivo “kafkiano” resulta el más adecuado para describir las imaginaciones de la mente dormida. Los de su obra son sueños inclementes, absurdos, hilados, sin embargo, con los lúcidos destellos del pensamiento en duermevela. Escaleras que no llevan a ninguna parte, destinos que se esfuman o cambian de sitio, situaciones laberínticas de las que solo se escapa al abrir los ojos. Kafka se abrazaba a esa falta de sueño que deterioraba su salud pero, de una manera retorcida y extraordinaria, también avivaba su ingenio.

«Tal vez haya otras formas de escritura, pero solo conozco esta. En la noche, cuando el miedo me impide dormir».

Hipocodríaco, insomne, inseguro, acomplejado, el colmo de los bichos raros: durante años hemos imaginado a Kafka como un tipo gris hundido entre sesudos manuales jurídicos en la compañía de seguros. Pero las personas tenemos muchas capas, y alguien tan complejo y excepcional como Kafka debió de tener muchas más. Así pues, muchos de sus allegados coincidían en describirle como un tipo afable, sonriente, con un gran sentido del humor. Se le consideraba también un tipo elegante con aires de dandy, tan alto y espigado, con su mirada profunda y tranquila.

Así debían de verle las mujeres de su vida, que no fueron pocas, por mucho que él se empeñara en intentar convencerles de lo contrario.

“Después de todo eres una mujer, y querrás un hombre, no una lombriz”,

le escribió a su primera novia Felice Bauer, con la que estuvo a punto de prometerse en dos ocasiones para cancelar el compromiso en el último momento. Se dice, sin embargo, que fue Milena Jesenká su verdadero amor, con la que intercambió muchas cartas que iban más allá del ejercicio literario para convertirse en un verdadero vínculo de intimidad. Pero la única que consiguió arrancarlo del hogar paterno y hasta de Praga fue Dora Diamant, una joven judía con la que se mudaría a Berlín y con la que establecería, al fin, una relación sentimental real alejada del espejismo epistolar que había sustentado sus anteriores relaciones. Triste ironía que, tras tantos años de hipocondrías y miedos infundados, fuera aquejado de una enfermedad real cuando encontró la fuerza para acabar con las cadenas que no se había atrevido a romper hasta entonces.

La tuberculosis le ahorró las penurias del holocausto que sí sufrieron sus hermanas y su amada Milena. Murió en la pobreza, no sin antes encargarle a su amigo Max Brod que quemara todos sus escritos. Afortunadamente para el devenir de la literatura universal, Brod se pasó por el forro tan bárbaro cometido y, tras su muerte, se encargó de ordenar y publicar su obra. Entre ese legado póstumo se encontraba El Proceso: magistral vuelta de tuerca al concepto de condena y mi novela favorita del autor checo.

“Era como si esa vergüenza tuviera que sobrevivirle”,

rezan sus últimas líneas, refiriéndose a la culpa que, sin motivo alguno, arrastra el protagonista Joseph K hasta su lecho de muerte. También esa vergüenza sobrevivió al escritor checo, una vergüenza convertida en medalla, en maestría, en hito literario. La vergüenza que alimentó ese talento extrañísimo suyo y lo convirtió en uno de los escritores más relevantes de su tiempo, tal vez de todos los tiempos. Pagó un alto precio por ese talento: gajes del oficio de ser un genio.

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