California,  pedazo de tierra bañada de sol, bullicio de calles alegres y altas palmeras,  destino vacacional soñado por mí desde hacía tiempo que este pasado diciembre tuve la suerte de conocer. Un arrebato en una reunión de amigas, unos billetes tirados de precio y una fecha en el calendario se materializaron en una expedición al otro lado del charco y un puñado de lugares que recordar.

Llegamos a San Francisco al anochecer, y el cansancio del viaje se esfumó con la excitación de encontrarnos allí. Durante tres días paseamos por sus tremendas cuestas por las que circulan tranvías peligrosamente llenos, nos hicimos fotos frente a sus casitas victorianas, respiramos los aires bohemios de North Beach, las reminiscencias musicales de Haigh Asbury, los aires festivo-reivindicativos de Castro. En el barrio de Mission, sede de la antigua Misión San Francisco de Asís a partir de la que germinó la ciudad, fuimos más conscientes que nunca de su pasado hispano (español, originariamente y mexicano, más tarde), todavía palpable en comercios, rostros y acentos.

Un coche automático nos condujo por la Route 101 rumbo a Los Ángeles: ciudad de estrellas y estrellados, resplandecientes luces de neón bajo las que se apagan los sueños que no pudieron ser.  Nuestra primera noche en el camino dormimos en una desangelada ciudad cercana a Monterrey llamada Seaside. El frío empañaba las ventanas de los coches, caía una lluvia fina, y las estridencias navideñas de las casas salpicaban la oscuridad con destellos de colores que a pesar de su belleza, dejaban tras de sí cierto regusto deprimente.

Al día siguiente desayunamos en Carmel by the sea, encantadora ciudad de cuento: de calles arboladas, casitas con techo de ladrillo y una playa preciosa de arena blanca que se confundía con la vegetación. Paseamos por ella sin prisas. Por las orillas de azul espumoso correteaban alegres perros bajo el sol. En los ochenta, Clint Eastwood fue el alcalde de esta cotizada localidad, refugio vacacional de la clase alta norteamericana.

Tras un largo periplo en coche llegamos a Santa Bárbara, ciudad que nos cautivó de inmediato y en la que habríamos deseado asentarnos en vez de estar de paso. Admiramos su hermosa arquitectura colonial, sus paseos palpitantes de vida, su horizonte azulado en el que se recortaban las palmeras altas como el cielo. Y tras una última parada en Ojai –pueblecito que encontramos desierto, tal vez porque ya era tarde– al día siguiente nos adentramos en Los Ángeles. Habíamos llegado a nuestro destino.

Hollywood: la materia de la que están hechas las pelis

El cartel más famoso del mundo se erige en las montañas de Hollywood Hills y su acceso no es fácil. Sus orígenes se remontan a los años veinte, en los que vio la luz como parte de una campaña publicitaria urbanística (“Hollywoodland”, se leía entonces). Fue más tarde, con la consolidación del barrio como la meca del cine, que se convirtió en el símbolo que es hoy en día.

Lo más cerca que estuvimos de él fue cuando hicimos el tour en autobús que nos llevaba por las casas de los famosos, pero se trató de un vistazo fugaz y en movimiento. En tierra firme tuvimos la oportunidad de verlo desde el observatorio Griffith, situado en el parque del mismo nombre e inmortalizado en películas como La la land o Rebelde sin causa. Desde su mirador se  obtienen unas vistas espectaculares de la ciudad. Cuando llegamos ya había anochecido, y era necesaria imaginación para reconocer el cartel en las fotos que hicimos (las letras no están iluminadas).  Pero la contemplación de la ciudad bajo las luces nocturnas sin duda valió la pena.

El movimiento Beat y las luces de la ciudad

Aunque sus orígenes se sitúan en la neoyorquina universidad de Columbia en la que se conocieron los principales  representantes del movimiento, la escena beat arraigó con fuerza en San Francisco a partir de mediados de los 50. Por los bares y librerías del barrio italiano de North Beach corrieron los efluvios contraculturales de sus fundadores, que hicieron de la destrucción de las estructuras convencionales su principal seña de identidad. La librería y editorial City Lights, fundada por el poeta anarquista Lawrence Ferlinghetti, se convirtió en el corazón literario de la ciudad y dio salida a las lecturas más alternativas, a menudo escandalosas, que no habrían visto la luz de otra forma. A día de hoy mantiene su vocación subversiva invitando al visitante a sentarse a leer libros enteros si quiere y publica poesía, obras de ficción, y libros con temática social y política. A dos pasos  se encuentra el bar Vesuvio, en el que Kerouac, Ginsberg y los suyos desfasaban y leían poesía. Allí nos tomamos una cerveza, admiramos  la abundante memorabilia literaria de sus paredes y fuimos abordadas por una mujer que nos preguntó si éramos del book club. Poco después la vimos muy contenta rodeada de un grupo de gente que hablaba, supusimos, de libros. Difícil encontrar mejor lugar en el que reunirse con ese propósito.

Avanzada la tarde hicimos parada en el café Trieste, otro centro neurálgico de la bohemia beatnik, en el que Francis Ford Coppola escribió la mayor parte del guión del Padrino. Desde nuestros asientos al fondo del local, nos llamó la atención un hombre algo estrafalario con un pañuelo en la cabeza que manejaba cables. Un rato después tomó la palabra: afirmó ser el sobrino de Coppola y anunció que iba a presentar los trabajos de sus alumnos. Distinguimos entonces a varios jóvenes con tímidas sonrisas entre las gentes del pequeño café. Las luces se apagaron y las pantallas proyectaron un puñado de escenas que nadie entendió pero todos aplaudimos. Fue estupendo.

Los puertos y los paseos frente al mar

Las zonas portuarias de la costa oeste californiana tienen una magia especial. La húmeda brisa se te mete por dentro, y el alegre bullicio y el olor a mar, y de pronto te imaginas qué vida llevarías si vivieras allí, y por las mañanas pasearas bajo el sol y por las tardes lo vieras caer desde el muelle. Te parece que el horizonte esconde secretos y estimulantes posibilidades, y desearías sentirte siempre así, optimista y valiente, abrazada al revitalizante rumor marino.

El Fisherman’s Wharf de San Francisco estaba animadísimo, con restaurantes y tiendas de todo tipo, luces navideñas, puestos de churros y un bonito tiovivo de aires retro. Comimos en el Bubba Gump Shrimp (el restaurante de Forest Gump y su amigo Bubba)  presente en todos los puertos que visitamos, fantástica turistada de aceitosas y cinematográficas reminiscencias que no nos podíamos perder.

Era de noche cuando, en Monterrey, paseamos por Cannery Row. Inmortalizada por la novela de John Steinbeck de mismo nombre, esa zona que antaño albergaba fábricas de enlatado de sardinas es hoy un complejo de tiendas y restaurantes frente al puerto. En medio de una pequeña plaza se alza un homenaje a la novela con estatuas de 9 de sus personajes acomodados sobre unas rocas (que en esas fechas navideñas llevaban gorros de papa Noel).

En Santa Bárbara recorrimos entero el muelle que se alza sobre la playa. Ya había oscurecido, y era imposible apartar la vista de los destellos de luna sobre el mar. Mecida por el oleaje, una estela plateada se elevaba desde el agua hasta brillar en las miradas. Digno de recordar.

Días después, en Los Ángeles, paseamos por otro muelle: el de Santa Mónica. Brillaba el sol y el ambiente era festivo. Los despreocupados paseantes repartían su atención entre los múltiples entretenimientos del lugar: el joven violinista que entonaba conocidas melodías, el mago que hacía juegos de cartas, los bailarines y sus trabajadas coreografías.  La vida palpitaba en cada esquina y nosotras con ella.

El paseo de las estrellas

El Walk of fame reúne más de 2.400 estrellas a lo largo de Hollywood Boulevard, el paseo más turístico y probablemente enloquecido de Los Ángeles. Y es que, a pesar de lo que a uno le viene a la cabeza cuando piensa en el estrellato cinematográfico, el Hollywood Boulevard no es una calle glamourosa, sino más bien todo lo contrario. Los homeless abundan en las esquinas, algunos muy jóvenes, con sus carteles y sus miradas ausentes. Repartidores de flyers abordan al turista a cada paso, algunos con demasiada insistencia. Las terrazas de los bares anuncian cocktails y llenan trozos de calle con su música machacona. Un tipo desaliñado aporrea una guitarra mientras chilla: God is gay! Otro, desde un coche, abre la ventana y asegura que Jesús nos quiere. Iluminados de la Cienciología intentan reclutarnos para su causa mientras un  vendedor de marihuana (allí la compra es legal, por cierto, aunque supongo que no en la calle) aborda a unos jóvenes sentados en el suelo, que se ríen al escuchar su oferta y responden: No, man, we sell weed too!

Mientras, nuestros pasos caminan sobre las estrellas de Katharine Hepburn, James Stewart, Alfred Hitchcock. Y es fantástico encontrarse allí, en la meca del cine, y palpar esa exaltación cinematográfica aunque sea tan solo en forma de fotos y souvenirs. Pero resulta imposible no pensar en todos los que debieron llegar desde rincones más callados atraídos por el mismo reclamo. En los sueños rotos que esconde este agridulce paseo.

Amoeba Music: el paraíso del melómano

En el último tramo de Haight Street, antes de llegar al Golden Gate Park, se encuentra una inmensa tienda de música llamada Amoeba Music. Se fundó en los noventa en Berkeley,  y no solo sobrevivió al desplome de la venta de Cds, sino que abrió sucursales en San Francisco y Los Ángeles unos años después.  La tienda es brutal: tan grande que puede llegar a abrumar, rebosante de vinilos, cds,  dvds musicales, películas en general y merchandising a buen precio. También alberga conciertos e incluso sesiones secretas, como fue el caso de una actuación de Paul McCartney en 2009 que dio origen a un EP. Con un logo que recuerda la estética de una ochentera película de serie B, en su interior se respira también cierto aire a años pasados, tal vez por ser uno de los cada vez menos frecuentes refugios para los que, además de escuchar música, gustan de palparla y conservarla en forma de valiosa posesión.

La descubrimos tras un paseo un poco decepcionante por el otrora legendario barrio de Haigh Ashbury. Y es que si bien a finales de los sesenta, la zona se convirtió en el centro neurálgico del hippismo y en lugar de residencia de leyendas como Janis Joplin o miembros de Jefferson Airplane o Grateful Dead, hoy en día me pareció un poco de capa caída, con cuatro apolilladas tiendas de ropa  y rótulos psicodélicos que habían perdido su lustre. Pero ah, esa ameba al final del camino me alegró la mañana.

Los estudios Universal: un día de película

Los estudios Universal no solo albergan los estudios propiamente dichos, sino también un divertidísimo parque temático.  La mera contemplación desde la distancia de la puerta en forma de arco de la entrada sume al cinéfilo en un inevitable estado de excitación. ¿Cuántas veces la habremos visto en películas y reportajes?

Nos pasamos el día entero allí, disfrutando sin prisas de las atracciones y de los espectáculos. Paseamos por el universo Simpson de Springfield, con su bar Moe’s, su Krusty Burger y su tienda de donuts glaseados (me quedé con las ganas de comer uno). Entramos en Hogward’s, muy impresionante tanto por fuera como por dentro. También lo era la atracción principal, que contaba con un tremendo despliegue de efectos visuales, aunque yo me mareé un poco y no la disfruté del todo. Lo pasé mejor en la de la Momia y la de los Simpsons.

Pero lo mejor en mi opinión fue sin duda el tour en tren por los estudios,  que te llevaba por un montón de localizaciones cinematográficas. Pasamos por el Bates Motel, por las selvas  tropicales de Jurassic Park y King Kong, por los parajes arrasados de “La Guerra de los mundos”… Muchos de los decorados se reutilizan y constituyen pequeñas ciudades dentro de los estudios: la zona del lejano oeste, la del pueblecito europeo, la del pueblo mexicano…  El tour estaba aderezado con efectos especiales relacionados con las películas, así que de repente veías a un Norman Bates acercándose con un cuchillo, o un montón de velocirraptores amenazando con volcar el tren. Muy divertido. La única pega  fue no ver la plaza de Hill Valley de Regreso al futuro, un punto habitual en la ruta que sorprendentemente se saltaron esa vez. Tal vez como premio de consolación, al apearnos de tren nos recibió un falso Doc Brown que se hizo fotos con los más motivados (entre los que me encontraba, claro está).

Los diners: café de filtro y huevos a la benedictina

El refugio de un policía a punto de jubilarse que ha aceptado un último caso que se complica. Una adolescente primera cita culminada con un batido para dos. Una simpática figura tras la barra que le prepara al protagonista “lo de siempre”. Una parada en el camino antes de reemprender la carretera. Un orgasmo fingido a voz en grito en el desayuno. Unos matones en traje hablando de una canción de Madonna. Michael J.Fox tratando de convencer a su padre de que se ligue a su madre. ¿Veis por dónde voy?

Los diners norteamericanos han albergado múltiples escenas para recordar y son un sitio fantástico para reponer fuerzas. A mí personalmente me encantan: la cestita de salsas y tabasco sobre la mesa, los vasos de agua con el café, las bebidas con pajita, los sofás rojizos y los taburetes giratorios frente a la barra. No son lo más sano del mundo, de acuerdo, pero oye, cuando uno está de viaje ya lo quema haciendo turismo. Y siempre habrá tiempo de reemprender la dieta de vuelta en Barcelona.

Alcatraz: la vida tras los barrotes

En la pequeña isla de Alcatraz, a apenas unos minutos del puerto de San Francisco, se erige el antiguo presidio del mismo nombre, hoy en día abierto al público con fines turísticos. La temida “Roca” era una cárcel de alta seguridad a la que enviaban a los presidiarios de peor comportamiento y menos posibilidades de rehabilitación. Estuvo activa treinta años, hasta que se cerró en los 60 ya que resultaba demasiado cara de mantener. La visita, muy recomendable, te adentra en los diferentes módulos penitenciarios y en sus turbias historias, narradas por antiguos presos y funcionarios a través de la audioguía.

La isla no era exclusiva de los castigados por la ley. Allí vivían también los trabajadores y sus familias, que montaban fiestas en Nochevieja, hacían la compra en el economato y llevaban a sus hijos a la guardería. La reputación de ser “la cárcel más segura del mundo” no amedrentó a sus presos, que proyectaron varios intentos de fuga durante los años en que la prisión estuvo en activo. Uno de ellos originó la “Batalla de Alcatraz”, una chapuza que acabó con tiros y muertes, pero otro dio pie a una fantástica historia que se explica con detalle en la visita. Cucharas convertidas en herramientas para cavar, huídas por el conducto de ventilación, elaboradas cabezas de papel maché en las camas para despistar a los guardas y otros ingeniosos tejemanejes consiguieron que los presos consiguieran su propósito. La gran duda es si lograron sobrevivir al turbulento baño de las aguas de la bahía, famosas por sus traidoras mareas.  El informe oficial dijo que se ahogaron, pero los cuerpos nunca se encontraron. ¿Y si alguno sobrevivió y hoy es un sonrosado anciano retirado en Benidorm con algún tatuaje oculto y una alucinante historia que contar?

Con este montaje quiero compartir y celebrar mi escapada a California. Clica sobre los elementos y descubre mis impresiones. ¡Buen viaje!

Viaje a San Francisco y Los Ángeles